Novela
[ Volver ]Las cartas de Nicia (Segunda entrega, del capítulo 15 al 26)
27/04/2026 - Jordi Rueda Mateu / Las cartas de Nicia
Isolina Carrillo dedicó 'Dos gardenias' a Guillermo Arronte, su esposo. Así lo cuenta la madre de Helena en una comida de familias. Arronte fue el primero en cantar este bolero universal. Foto: archivo.Las cartas de Nicia
la de los cabellos castaños
Jordi Rueda Mateu
Del capítulo 15 al 26
(Véanse los capítulos anteriores, del 1 al 14)
XV
Comida de familias
Dulce amigo:
Tengo un gran alivio. La comida familiar de este domingo, a la que ha seguido una larga sobremesa con café y licores, no me ha perturbado tanto como creía de antemano. Ha sido bastante cordial y no he perdido apenas la compostura.
Los padres de Edu son amables y cultos y los míos… son los míos. Mi hermana también se ha quedado, a espiar. Lo mejor de todo es que no hemos tomado decisiones sobre el enlace entre Edu y yo. Aunque él es profesor mercantil y espera, ya de vuelta a Barcelona, obtener plaza en un banco, quiere seguir, a la vez, estudiando derecho, porque tiene ya dos cursos aprobados. Cuando se le confirme ese u otro buen trabajo (y el sueldo), cosa que puede suceder en cinco o seis meses, será el momento de hacer planes. Así lo hemos acordado.
La verdad es que Edu ha sido muy comprensivo cuando yo he expresado algunas dudas y he dicho rotundamente que iba a seguir estudiando y pintando (aunque parece que “eso de pintar” lo toman todos como si fuera una distracción, tipo hacer ganchillo o macramé. Me revienta esa falta de sensibilidad).
A las señoras (incluida la señorita Rosa, mi hermana) no les entusiasma nada que me proponga vivir “a mi aire”. Me critican. Les gustan las novias bien clásicas. Trabajar no debe ser un objetivo para una chica que va a tener un buen marido.
Hemos discutido un poco. Han entrado en mi cuarto, que hoy estaba menos desordenado de lo habitual, y han visto que tengo un libro de Simone de Beauvoir, ‘Le deuxiéme sexe’ (que me sirve para familiarizarme con el idioma francés), y una revista que habla de Susan Sontag, que ha publicado ‘Contra la interpretación’, en Nueva York, y a mi madre se le ha escapado decir que parezco feminista (no sé si lo piensa, pero lo dice).
—No lo soy. Pero, ¿qué pasaría si lo fuera? —le he contestado.
—Las mujeres tenemos derecho a manifestar nuestra individualidad, al igual que los hombres. Si las leyes nos discriminan, debemos intentar cambiarlas para tener nuestra vida como personas, no esperar a los 25 años para ser mayores de edad, gozar de nuestros anhelos, vivir con plenitud nuestras relaciones…. —Y ahí me he quedado porque he visto que se iban a escandalizar todos. Todos menos Edu, que me ha defendido, a su modo, claro.
—No vayáis a pensar que Helena no es hogareña… —No me he podido contener y he soltado un taco, por suerte el más común entre las chicas de Barcelona, aunque estemos en familia: Merda! Enseguida he pedido perdón y le he dado las gracias a mi prometido y le he mostrado mi cariño con dos besos, uno en cada mejilla.
Por mi cabeza, sin embargo, bullían ideas sobre las que nunca había reflexionado en primera persona: ¿Por qué una mujer no puede tener amantes, incluso otras mujeres?
Ante actitudes tan retrógradas como las de mis padres y los de Edu, que son las que imperan en la sociedad, no me importaría tener experiencias eróticas con mujeres, por llevar la contraria. No temas, mi cielo, no soy una virago, pero hay cosas que me crispan.
Lo positivo, en fin, es que he ganado unos meses sin tener que pensar ni afrontar un futuro que estaba perfectamente planificado y que ahora no soy capaz de verlo como ideal, como llegó a parecerme antes.
Es tarde ya. Me he desahogado un poco. Perdóname. Mañana (hoy, que son las 12.00 tocadas) te llamaré desde una cabina. Nos veremos, si es posible, el miércoles.
Quiero abrazarme a ti
Nicia, la que se tranquiliza contándote sus cosas.
XVI
Una figura leve y silenciosa
Querido mío:
Siento no haber podido hablar contigo apenas tres minutos en esta rara mañana de lunes. Solo tenía una ficha de teléfono y no me daba tiempo a ir al estanco a comprar más y volverte a llamar. Pero lo que siento de verdad es que tengas tanto trabajo y que hasta el jueves no tengamos un rato para vernos. Como decíamos cuando se ha cortado la comunicación, podríamos quedar en el Turo Park, como hicimos algunas veces este invierno recién terminado. Dejando, después, que se perdieran nuestras figuras en el gris de cada tarde, cada una en una dirección distinta, al despedirnos. Tienes el estudio de publicidad donde colaboras a dos pasos y te robaré poco tiempo. Y casi prefiero estar junto a ti en un banco, como los novietes de toda la vida, que en un bar de locos aspirantes a bohemios, que seguramente es lo que en realidad somos. Aunque si nos aprietan el hambre y la sed o el frío siempre podemos ir a Casa Tejada, que tiene esas cazuelitas y tapas tan ricas, allí al lado. Yo, no obstante, prefiero los jardines.
¿Tienes presente el poema que escribiste después de una de nuestras despedidas en esos días en que yo tenía que marcharme de pronto para llegar a casa a la hora en que llegamos las buenas chicas?
Tengo aquí tu texto y me apetece transcribirlo, aunque tú tengas copia (ya me dirás qué se experimenta al escribir una poesía con original, papel carbón y copia ¡eres increíble, aplicas tus hábitos administrativos con moral de hierro!). Léete con mi bella caligrafía:
Cuando el aire recorta
tu figura leve y silenciosa
cuando todo el candor de tu hermosura
se difunde en la tarde casi oscura,
no te alejas:
es como si al marcharte
por la puerta de la noche
dejaras entornadas siempre, siempre,
mis ansias de mirarte.
Y volverás mañana
y casi esperaremos, abrazados,
ese instante suave en que te marchas
por lo concisa y clara como queda
recortada en el gris de cada tarde
esa figura tan leve y silenciosa.
Estoy transportada, flotando en un “hasta mañana” imaginario que rasga el anochecer. Quería contarte algunas cosas de la jornada de ayer. Pero ahora solo deseo que llegue el jueves para abrazarte a la luz de la extraña primavera que estoy —estamos— viviendo. Te quiero, mi niño, y, no quería decirlo, porque suena demasiado definitivo, te amo.
Mañana te llamaré otra vez desde la cabina (llevaré dos o tres fichas, seré precavida) y te escribiré, si puedo. Ahora voy a pintar, creo que una luz irrumpirá en el gris. Una luz con tus facciones viniendo hacía mí, aunque serán manchas de suaves colores para que nadie te vea ni te identifique. Si te vieran cómo yo te veo, todas las mujeres se enamorarían de ti, hasta mi curiosa madre y mi querida y controladora hermana.
Mañana te llamo
Nicia, la enamorada que se despide silenciosa.
XVII
La gramola
Querido mío:
El domingo, después del aperitivo y la comida, tuvimos sesión de tarde de bla bla bla. Algunas de las reacciones airadas que te conté fueron en esas horas. Mi hermana puso la radiogramola, y como está enamorada de Brian Jones, de los Rolling Stones, no hay manera de que no ponga ‘Paint it black’ como primera canción, y no es eso lo malo, siempre empieza a hablar de las excelencias de Jones tocando el sitar y la cítara, como si fuera una experta. Debería explicar por qué ella también acaba queriendo ver todo pintado de negro, debería.
En esas, mi padre les pregunta a los padres de Edu si les gusta el fado y ellos asienten y cuentan que han visitado dos veces Lisboa y que les parece una ciudad muy interesante, que les recuerda un poco a Barcelona, a la de hace unos años, especialmente. Mi padre se va a la gramola y quita el disco de mi hermana Rosa, dejando, para no parecer brusco, que acabe la canción que suena, y nos aplaca con Amalia Rodrigues, a un volumen bajito. Nos aplacamos tanto que nos empezamos a adormecer. Solo se anima la velada cuando les digo a todos que espero poder exponer antes de fin de año o a principios del próximo.
—¿Cómo? ¿En una sala de exposiciones? ¿Y tú crees que venderás alguna obra?
—Seguro que sí, para eso lo hago, en parte. Y, si no, me quedaría yo con todas mis acuarelas porque me gustan mucho.
Así iba la cosa, siempre con recriminaciones indirectas (indirectas, sí, pero recriminaciones) de doña Carmen, o sea, mi mamá, quien, mientras tanto, buscaba un disco de José Guardiola, que es un cantante de los que le gusta. Y acertó, al menos para mi cuando encontró y le dio a poner a mi padre un single con ‘Pequeña flor’. Es una bella canción francesa, creo (o norteamericana, pero famosa en francés, aunque Pepe Hucha la canta en español). Yo la tarareé y el ambiente se hizo más simpático. Para que no habláramos del tema que había sido motivo de la reunión, comenté que me habían encantado los chipirones rellenos que nos había cocinado la chica el día anterior.
—A mí —dije, como no sé cocinar platos complejos, siempre me admira la capacidad de nuestra asistenta preparando cazuelas. Y las salsas y las presentaciones tan aparentes que hace. El plato que hemos comido no llevaba más que los propios chipirones y quizá algo de cebolla para la salsa. Ella los limpia y les pone las patas en la bolsa de la cabeza, los guisa lentamente y le quedan tan buenos como habéis comprobado.
Jacques Brel, Leo Ferré (¡la chanson no podía faltar!) Ives Montand y ’Le temps des cerises’ —Qué bonita, dijo la mama de Edu. Sí, asintió la mía. Y hablé yo: ¿Sabían que esa canción de amor tan bella se convirtió casi en un himno de la Comuna de París…?
—Ah ¿sí? qué comuna.
—La de París, en el XIX.
A mi madre, que no es nada del régimen, pero tampoco es comunista, le pareció que había llegado el momento de sacar a su cantante favorito para que yo no siguiera explicando cosas subversivas.
—¿Les gusta a ustedes el señor de las maracas, Antonio Machín?
Todos asintieron, porque esos boleros tan sentimentales, ay, creo que nos gustan a todos. Puso ‘Dos gardenias’ y nos explicó que lo compuso una señora compositora cubana y que la dedicó a su marido. No especificó en qué año las artistas cantaban a sus cónyuges, pero, al menos, todos se olvidaron de la Comuna de París. Muy astuta, mamá.
Empezó a sonar Machín y yo le hice dúo: mirando a Edu. “Dos gardenias para ti, ponles toda tu atención porque son tu corazón y el mío”, creo que se emocionaron todos, pero cambiaron la cara cuando puse un poco de énfasis en la parte que dice: “Y si un día las gardenias de mi amor se mueren, es porque han adivinado que tu amor me ha traicionado porque existe otro querer”.
Edu se sonrojó un poco. Y mi madre también. Los demás rieron, afectadamente.
Mamá se acercó a la gramola como para cambiar el disco, pero yo le tome la mano. Los señores quieren más café, afirmé, e hice como que iba a la cocina a prepararlo. Mi madre quiso ir ella, como yo esperaba.
—Tú debes quedarte, eres la novia, indicó sonriendo un poquito. Perfecto, pensé, así no pondrá los discos de Cayetano Renom ni Emili Vendrell, que le gustan tanto.
Bien. Edu, en ese momento, me invitó a ir al cine este martes delante de todos. Decidimos ir a ver ‘Helga’, una peli alemana sobre la concepción y el parto, muy adecuada para una pareja casadera.
—Y después podemos ir a tomar una copa al Bocaccio, que está de moda y cae cerca del cine, el Atenas, donde proyectan la película.
Hoy iremos. Le tuve que decir que sí sin titubeos, aunque pensaba que podría perder la oportunidad de pasar una hora o dos contigo si tu trabajo te lo hubiera permitido.
Me parece que te cuento muchas cosas, algunas tontas, pero necesito desahogarme y tú eres la única persona con quien puedo hacerlo. Bueno, no es del todo verdad, si veo a Iluminada le puedo contar algo, pero no todo, no lo que en el fondo me atormenta. Esa pasión tan inmensa, ese amor prohibido que eres tú.
Eres mi luz en la penumbra. Espero al jueves con verdadera ansiedad
Nicia, la que sabe lo que fue la Comuna de París porque estudia y lee para ignorar menos, como dijo sor Juana Inés de la Cruz
XVIII
No vimos 'Helga'
Bambi:
No arrugues la nariz porque te llame Bambi. Quieres ser mayor, pero te comportas como un niño caprichoso que se encoleriza sin motivo. Comprendo perfectamente tu fastidio al no poder tener una relación normal conmigo. Pero no remediarás nada poniéndome malas caras y reprochándome cosas que no tienen importancia. Te he contado cómo estoy llevando mi relación con Edu (que es un buen muchacho, atento, trabajador, cumplidor y voluntarioso, por lo que no me sería nada fácil apartarlo de mi vida de sopetón), pero parece que mi diáfana narración de los hechos te ha hecho más daño del que puedes soportar.
¿Cómo pretendías que le dijera que no quería ir al cine con él? ¿Acaso explicándole que mi joven amante no quiere que tenga novio y que le encoleriza que salga con él?
Sí, querido Bambi adolescente. Fuimos el lunes al cine y después a la sala de moda, el Bocaccio, yo me tomé un sanfrancisco servido en una bonita copa y él un raf. Los camareros son muy buenos profesionales. Edu y yo charlamos un rato, vimos el ambiente, la gente que frecuenta el local, modelos, fotógrafos, pintores, periodistas, escritores… gente que hace cosas que ayudan a cambiar el mundo, pero sin renunciar a pasarlo bien. Estuvimos un ratito y Edu me llevó a casa. A las 12.45 horas yo estaba ya en mi cuarto.
Me gustó ir, y también al cine, aunque nos vimos ‘Helga’, que está programada en el Atenas, pero para navidades. En su lugar echaban una peli rusa en V.O. subtitulada. No me importó no ver ‘Helga’, tampoco tengo la idea de quedarme embarazada de inmediato. Y con Edu no estoy en el séptimo cielo, pero sí estoy bien, muy bien. Es cortés, amable, galante, paga las entradas y las copas y el taxi (sus padres tienen dinero y él tiene un sueldo aceptable que mejorará cuando haga valer su título de profesor mercantil). Y es mi novio. Lo es desde un año antes de que tú y yo nos conociéramos. No llevamos anillos porque yo preferí esperar. Y porque no me gusta que Edu le llame al mío anillo de pedida. Yo no soy un objeto para que me pidan. Sí que hubiera aceptado los anillos de compromiso para los dos, pero más adelante, como admití cuando me lo propuso a indicación de su madre.
Ahora, hasta dentro de unos meses, todo eso, anillos incluidos, queda en el aire, como acordamos con nuestras familias en la reunión del domingo pasado.
Mientras tanto, tú esperas a verme para soltar tu lista de agravios de hombrecito ofendido.
Sin decirlo a las claras, no quieres que me case ni que siga con él. ¿Y qué sacaría yo a cambio de eso, además de disgustar a las dos familias? ¿Tener más libertad para salir contigo? ¿Qué me dirán cuando me vean de amiguita con un chico más joven que yo que todavía no tiene un perfil profesional y que se conforma con ir tirando para vivir su dolce vita de joven cervatillo sin responsabilidades?
No exijas que renuncie a ciertas cosas, sobre todo si tú no me las puedes dar. El Bambi de la película de Walt Disney (aún la recuerdo, aunque la vi de muy niña, en el cine Fémina) cuando se hace adulto lucha por salir adelante con su cervatilla. Y no se pone a refunfuñar y a poner malas caras para estropear la tarde a los dos, como hiciste tú ayer.
Si tan molesto estás, será mejor que nos veamos menos. No quiero tus reproches de crío insolente y enfurruñado porque cree que quieren esconderle su juguete preferido.
Con esto que te digo, puedes indignarte más si te apetece. Mañana sábado no te voy a ver. He quedado por la tarde, pronto, con Iluminada; charlaremos un rato y, si tú quieres, le diré que tienes la tarde libre, por si se le antoja ir después a ese bar con billares al que vas tan a menudo, a ver si te encuentra. Lo mismo te echa una partida de futbolín y te gana. Tú, ganes o pierdas una partida con ella, te entenderás mejor con una chica de edad más pareja a la tuya, 19 contra 18, que con una mujer de 21, casi 22, como yo.
En fin, a tu pataleta de ayer jueves le estoy añadiendo mi propia pataleta de hoy viernes. Estoy agitada. Te explico todo lo que hago para tratar de posponer el compromiso familiar que tengo contraído, y tú solo ves que fui al cine con la persona que ahora ¡ahora! empiezas a considerar tu rival.
Pues no eres su rival porque profesionalmente estás muy lejos de llegar a tener algo equivalente a lo que él conseguirá en cuanto termine las milicias universitarias.
En fin, con un poco de cariño y con mucho alivio por haber soltado parte del malhumor, adiós.
Ya nos veremos
Nicia, la que duda.
XIX
La llamada sabatina
Carlos querido, querido, querido:
Has roto nuestro pacto. Me alegro.
Tú no debías llamar nunca a mi casa. Nadie debía sospechar que existía una relación entre los dos, al margen de algún encuentro casual. Lo has hecho esta mañana de sábado. Me alegro.
Creía que llamarías muy picado y he acertado. Acababas de recibir la carta (el franqueo urgente, como ya sabemos, funciona muy bien). Pero tu enfado se ha desvanecido a poco de oír mi voz. El mío, el que te expresé en la carta, poco a poco se ha ido atenuando.
Por un momento he pensado que había alguien en casa, pero no, por suerte. Mis padres se han ido a Caldetes, con mi abuela, y mi hermana acababa de salir a comprar el pan, pero me he puesto muy nerviosa al hablar contigo. No he sido todo lo expresiva que hubiera querido.
Aunque sí lo suficiente para que te echaras a llorar. No daba crédito, creía que me ibas a decir “ahí te quedas, sofisticada materialista pequeñoburguesa”, como me definiste (y trataste de ofender) en nuestro encuentro del jueves.
Pero no, no lo has dicho y has empezado a llorar. Y me has hecho llorar a mí al sentirte tan hombre, sí, tan hombre, y tan sincero. Somos demasiado sinceros el uno con el otro y por eso nos hemos hecho daño estos días. La sinceridad no es buena si se usa para ofender. Las personas necesitamos armarnos de convenciones, al igual que de buenos modales, para no agraviar a los demás. Para convivir. Y tú y yo nos vemos siempre tan verdaderos, desnudos, transparentes… Ha llegado mi hermana en ese momento y no he podido terminar de decirte lo más importante de mi primera conversación telefónica contigo desde mi casa: te quiero mucho. Tú sí que me lo has dicho y me ha invadido una enorme congoja que no he sabido controlar.
Enseguida me he encerrado en mi cuarto y me he echado en la cama abrazada a la almohada y sollozando sobre ella como hubiera sollozado sobre tu pecho.
No puedo continuar escribiendo porque ya nos toca prepararnos la comida. Después, a primera hora de la tarde, vendrá Iluminada, como te escribí ayer.
Te llamaré el martes al trabajo. El lunes no saldré. No quiero telefonear a tu casa, porque ya empiezan a conocer mi voz y te preguntarán quién es Nicia.
También me parece que será bueno reflexionar un poco por separado.
Creo que hemos estado viviendo un hermoso tiempo de las cerezas, como dice la canción, antes de que llegue el tiempo de las cerezas. Ese tiempo está al caer y debemos estar preparados para vivirlo de verdad, si somos capaces (lo somos).
Ahora llora otra vez si quieres. Yo también estoy echando lágrimas incontrolables sobre esta carta. Llora. Los hombres de verdad lloran. Y tú eres mi hombre.
Hasta el martes, querido mío. Ojalá que cuando te llame ya hayas leído estas líneas.
Con todo mi amor, sincero y respetuoso.
Nicia, la que se abraza a la almohada para llorar.
XX
"Tengo 21 años"
Querido:
¿Has reflexionado? ¿Has pensado en cómo debemos relacionarnos sin hacernos daño?
Yo sí y me he detenido en una idea provisional. Nuestra relación está llena de inconvenientes. Yo tengo novio y una familia que me empuja a casarme con él cuanto antes (y así librarse de mi constante y gratuita rebeldía, como dijo el autor de mis días; un buen hombre, por otra parte, al que quiero).
—¡Qué ganas tengo de que te cases y de que tengas tu propia casa! —Me suelta a veces mi madre.
Tú y yo, querido, nos llevamos unos años, a favor mío, algo no demasiado bien visto en una pareja joven, pero que con una edad algo superior no resultaría tan llamativo.
Tú trabajas, pero hasta ahora no has querido, o no has podido, ahorrar. Estudias comercio práctico, publicidad, inglés y francés, pero en academias privadas. Eso quiere decir que no tendrás un título que se te valore en ciertas empresas. No vale decir, como dices, que no quieres ser funcionario. Hay muchas firmas privadas que prefieren o al menos valoran a los titulados. Tampoco aspiras a un sueldo, es verdad. Pero así no puedes seguir siempre. Nunca te estabilizarás. Si quieres compartir tu vida con otra persona debes tener ingresos, a no ser que caigas en las redes de alguna ricachona caprichosa que te mantenga (hasta que se canse de ti, esas desagradables cosas no les ocurren solamente a las señoritas agraciadas).
Yo he pensado que tienes muchas posibilidades de progresar si te aplicas. Tienes 18 años y ya eres valorado por cosas que haces, por cómo las haces, bien. Me he alegrado de corazón cuando me has dicho que en la imprenta han aceptado que trabajes fijo a media jornada y con sueldo, además de comisiones. Tienes ideas que ofreces a los demás. Piensa para ti. Yo, querido, tengo 21 años, aunque siempre digo 22, pese a que me falten unos meses, porque me revienta que me traten como la pequeña, como hacen en casa. Quizá por eso me entiendo tan bien con gente un poco más joven que yo. Sobre todo, si es gente con ilusiones, no como la veintiseisañera de mi hermana a la que en casa ya ven como solterona y cuando se habla de mi boda la miran como una tieta, como la tieta de la canción de Joan Manuel Serrat.
Por favor, Carlos, ocúpate un poco más de tu futuro, asiéntate laboralmente, no hagas solo colaboraciones, busca algo estable, a jornada completa, aunque al principio el sueldo sea modesto, (si te organizas podrías seguir yendo a la academia nocturna).
Quizá cuando tengas 20 años puedas proponerle a una joven de 23 que se ponga a hacer planes serios contigo, planes para compartir la vida entera. Te hablo de una joven que, quizá, habrá renunciado a la seguridad de un matrimonio con un buen chico por ver cómo evolucionaba y se defendía en la vida el muchacho bohemio al que ama.
Reflexiona, querido. Reflexiona.
Hoy, martes, a la tarde, te llamaré, como te avisé en la carta del sábado. Pero sé que, desde tu casa, si están tus padres, no podremos hablar de estas cosas. Ya lo haremos más adelante en persona, pero tendrás que ir pensando antes en ello.
Besos
Nicia, la que cavila.
XXI
'Esmorzar' en una masía urbana
Querido Carlos:
Se me olvidó transmitirte, en la carta que acabo de echar al buzón, lo que me propuso Iluminada el sábado. Que fuéramos a tomar un porrón de vino y unos embutidos el domingo próximo por la mañana. Quiere ir a una masía antigua que está en la calle Industria, pero no por donde yo vivo, entre las calles Nápoles y Sicilia, como bien sabes, sino hacia el Camp de l’Arpa. Le dije que sí, que yo iría y que te lo diría. Es un lugar un poco abandonado. La casa es de otro siglo, pero los dueños, o los masoveros, la mantienen. Se llama Can Miralletes. La entrada está en la calle Industria tocando a la calle Cuenca. El tranvía para delante.
Te diré cómo Ilu me hizo esta proposición: "Dile a Carlitos (así te llama, a veces) que venga con nosotras. A él le gusta ir a esos lugares populares e históricos que cualquier día se llevarán por delante los especuladores”.
Así es la chica.
Será un almuerzo de media mañana, pan con tomate, embutidos buenos, una ensalada, un porrón de vino y una charla en un lugar al que van familias jóvenes con niños, pero que tiene espacio y te parece que estás en el campo.
¿Vienes? ¿Vamos? ¡Claro que sí! Así nos veremos y, como somos muy prudentes, tendremos que limitar nuestras muestras de cariño delante de Ilu (así quizá soportarás mejor ese cosquilleo que aseguras que te recorre el escroto cuando estás a mi lado). Eso es lo adecuado ahora y quizá nos hará bien. Hablaremos de cosas que nos entusiasman, de pintura, de salidas a la montaña, de eslóganes publicitarios y folletos (eso tú), y sobre todo, disfrutando del ambiente y de lo bueno que esta todo lo que sirven allí.
Confírmame que vienes. Me hace ilusión verte, y también me gustaría por Iluminada, que quiere estar con los dos. Si no puedes, iremos nosotras solas.
Besos.
Nicia, la de la calle Industria.
XXII
De colores
Querido charlatán:
Lo hemos pasado bien en esta feliz mañana primaveral durante nuestro encuentro campestre en la ciudad. Al principio te costaba hablar. Solo sonreías, mientras Ilu te devolvía la sonrisa con carita de pánfila. Solo hablaba yo. Pero todo ha sido acabar el primer porrón de vino y tu locuacidad se ha acompasado con la mía. Parecía que estaba ensayado.
—Es un buen hallazgo esta pequeña masía en la ciudad, con su huerto descuidado y todo el perímetro rodeado de maleza.
—Seguro que los dueños están tan apegados a su forma de vida (nos han dicho que la casa se construyó a finales de siglo XVIII ¿recuerdas?) que no quieren marchar a pesar de estar rodeados de edificios modernos y de ese instituto de enseñanza media al que yo fui.
(Eso no lo sabías, eh, que ese era el instituto donde hice parte del bachillerato).
La que estaba mudita era Iluminada, hasta que ha empezado a hablarnos de sor Amalia, del colegio religioso donde ella estudió en Sarrià. Parece que le está proponiendo que colabore en algún proyecto fuera del colegio y ella responde, como siempre, con entusiasmo, aunque me parece que lo hace más por el afecto que le tiene a la hermana que por el proyecto en sí, que parece que se trata de un aula de música en un local de ocio del barrio. Será por eso que, con el segundo porrón, se ha puesto a cantar: “De colores, de colores se visten los campos en la primavera”.
Los tres, un pelo achispados, nos hemos descosido un poco, pero ordenadamente, sin pisarnos las palabras de colores, “de muchos colores”, como “los grandes amores” de la canción que hemos acabado por entonar: “y por eso los grandes amores de muchos colores me gustan a mí, y por eso los grandes amores de muchos colores me gustan a mí”.
Esos colores no nos han impedido dejar espacio al pan con tomate y al salchichón. Para mí, lo malo de esmorzar* a las 11.00 de la mañana y tan abundantemente, ha sido que a la hora del almuerzo dominical en casa no tenía apetito. Había canelones. Los domingos, para mi madre, son más domingos cuando saca canelones a la mesa, y no hay manera de librarse de comer al menos un par. La señora Carmen Pratdellorers de Casas no atiende a razones.
Ahora son las 10.00 de la noche y aún me siento ahíta.
Volviendo a Ilu, quería comentarte que su familia, aunque de economía modesta, es bastante creyente, carca, dirías tú, y quiso hacer un esfuerzo para que la chiquilla estudiara en un buen colegio religioso. Hizo todo el bachillerato y hasta el preu**. Después, la vaca no les ha dado para pagarle estudios superiores, algo que, a ella, aunque no lo diga, la tiene muy afectada. Le gusta aprender y se merecería ir a la universidad. Date cuenta cómo atiende a todas las cosas que explicas. No lo hace solo porque le gustes. Pese a que seas unos meses más joven que ella, admira tu experiencia de varón.
La mañana ha sido bonita y ahora me caigo ya de sueño (por la tarde he estado dibujando y también he pintado un paisaje rural de colores metido en la ciudad, bonito y raro).
Me voy a dormir, pero no sin decirte que de todo lo ocurrido en el esmorzar de hoy, hay una cosa que no te perdonaré: que me hayas metido mano en el muslo cuando Ilu ha ido a pedir el segundo porrón de vino. Aunque creo que tampoco te hubiera perdonado que no lo hubieras hecho.
Tengo ganas de estar a solas contigo. Queda dicho, por si no lo habías adivinado.
Un besito
Nicia, la que come canelones los domingos.
*Esmorzar es almorzar en catalán, aunque se refiere a una comida de media mañana, que sucede al desayuno. La del mediodía es dinar.
**Preu, abreviatura coloquial de curso preuniversitario. Años después el preu fue sustituido por el COU.
XXIII
Font d’en Fargas
Querido Carlitos:
Pedirme dos horas y media de mi tiempo para hacerme subir a un tranvía en la calle Rosellón y llevarme hasta Horta, tan lejos, y obligarme a subir hasta la Font d’en Fargas, por toda esa larga larguísima y empinada cuesta, solo para que bebiera agua en ese vasito de tu cantimplora de excursionista, muy a juego, la verdad, con tu indumentaria citadina, es otra de tus extravagancias… imperdonables.
Imperdonables fueron, también, los besos que nos dimos con las bocas frescas del agua, besos dados sin vergüenza pese a la gente del barrio que estaba por allí esperando para llenar sus garrafas en el chorro.
Imperdonable fue que me dieras diez besos en lugar de cien. Imperdonable.
Me divierten y casi siempre me enardecen tus excentricidades, pero, por favor, sé más prudente en público, puesto que yo tampoco soy capaz de serlo.
Haces muchas cosas imperdonables. Cosas locas que no te perdonaría nunca que dejaras de hacerlas.
Ah, me he alegrado de que tus padres hayan decidido comprar esa torre vieja de la calle Siglo XX, donde se instalarán cuando la hayan arreglado para dejarte a ti el piso de la calle Enamorados. Esa torre que me ibas a enseñar desde fuera… (Mentider! Lo tenías planificado y ya pensabas ir hasta la Font d’en Fargas, por eso llevabas la cantimplora en tu mochilita de currante)
Nicia, la de la boca fresca como agua de la fuente.
XXIV
Llega el tiempo de las cerezas
Dulce Carlos:
Abril avanza. Llega el tiempo de las cerezas.
¿Sientes ilusión? ¿Sientes cada día que pasa más ilusión?
Yo sí. Nos pondremos pendientes en las orejas con las cerezas que tengan los rabitos unidos, como cuando éramos niños ¿tú también lo hacías? ¿a que sí?
Yo comeré cerezas que tú tendrás entre tus labios esperando a mi boca sensual. Y tú harás lo mismo.
Te quiero
Nicia, la que gusta de esperar a la sazón de las cosas.
XXV
Calle Córcega, 120
Querido nocherniego:
¿Por qué no vamos otra noche a aquel local de la calle Córcega, cerca de la Escuela Industrial? Es de esos lugares que pocos conocen (nadie entre mis amigos, que yo sepa) y me gustó mucho por la música que tocaban, por el pianista, por los muchachos que cantaban rumba catalana y daban palmas con tanto ritmo (entre el público ¿recuerdas? estaba Peret, que los escuchaba con atención, aunque se giró hacía nosotros y me sonrió ¡que sonrisa tan bonita tiene el rey de la rumba!). También me gustó aquel trío con guitarras que cantaba boleros y tangos con voces muy bonitas.
El ambiente era muy especial, con público muy variado. No creo que por allí pueda toparme con conocidos (aunque muchas personas a las que vemos a diario pueden ser noctámbulos que esconden su afición, por el qué dirán). Es un lugar medio seguro para ir contigo sin que nos vean. Ahora recuerdo cómo se llama: Pub 120.
Eso sí, tendré que buscarme, si vamos, una excusa para llegar a casa a deshoras, pero ya se me ocurrirá.
¿Te apetece que vayamos? ¿Verdad que sí, amorcito rumbero?
Nicia, la que ama las músicas de la noche.
XXVI
Cerezas encargadas
Querido:
Pasado mañana, viernes, tenemos que vernos, al atardecer.
En un colmado en el que solemos ir a comprar en casa, me han dicho que tendrán cerezas, las primeras. Les he pedido que me guarden un kilo.
—Se lo guardaremos, señorita, no se apure. Siempre hace ilusión comer las primeras —me ha dicho, amable y sonriente la tendera, con un acento de payesa tan marcado que me la he imaginado a ella cogiéndolas del árbol.
Podríamos encontrarnos en la plaza de la Sagrada Familia, donde está el surtidorcito de la calle Sicilia. Allí las lavaremos y nos acomodaremos en uno de aquellos bancos en que se sientan tantas parejas a cobijo de mirones, en la misma calle de tierra discretamente iluminada que sale de la fuentecita y lleva al centro de la plaza. Allí haremos nuestra primera fiesta de las cerezas.
Quiero que sea un día inolvidable. Uno de los días más importantes de nuestras vidas. Te llamaré para confirmar la hora y el punto exacto. Si puedes, lleva la polaroid que tenéis en el estudio. Quiero tomar una foto de tus manos llenas de cerezas, mientras se las ofreces al amor de tu vida. A tu primer y único amor, el que no quiere ser breve como el tiempo de las cerezas. Un amor, el de ambos, que trata de ser infinito, irreversible y definitivo, afrontando y superando las dificultades familiares y los prejuicios sociales.
Si traes la cámara, tomaré algunas fotos que me servirán para pintar una o varias acuarelas que titularé ofrenda de amor (o, quizá, ofrenda a secas, para no parecer cursi).
Te compensaré todo ese esfuerzo que quiero que hagas, que te pido, dándote tantos besos como cerezas ofrezcas a mi boca con tu boca.
Pero no te hagas demasiadas ilusiones, Solo he encargado un kilo.
Te quiero
Nicia, la que roba cerezas de la boca de su amante.
(Continúa)
Otros medios: 'Otras armas de destrucción masiva: su víctima, los derechos de autor y la P.I.', de Manuel Rico




