Novela
[ Volver ]Las cartas de Nicia (Quinta entrega de la segunda parte, capítulos 26, 27 y 28)
27/08/2026 - Jordi Rueda Mateu / Las cartas de Nicia
''Al salir del bar hemos visto una tórtola turca. Según Louise, hay muy pocas en Barcelona''. Foto: © Jordi Rueda Mateu.Las cartas de Nicia
la de los cabellos castaños
Jordi Rueda Mateu
(Segunda parte, quinta entrega, capítulos finales: 26, 27 y 28)
XXVI
Bailar y vivir
Querido Carlos:
Seremos lo que hemos bailado. Tú y yo seremos solamente lo que hemos bailado, me dijiste, con un aplomo que me sorprendió. Tal vez tengas razón y eso quede grabado en nuestra memoria compartida, pero también otras cosas. Nuestra intimidad nos ha llevado muy lejos porque juntos hemos bailado la música de la vida.
Yo soy, sobre todo y con el permiso del magnetismo del amor, lo que pinto y seré lo que pintaré. Y tú me has servido de modelo, casi siempre sin necesidad de posar. Eso quedará y quiero creer que nos sobrevivirá. El tiempo de las personas no se acaba al cesar en una actividad.
Cuando te pregunté aquel jueves de enero en La Pérgola (aún no hace once meses) si solo mirabas y no bailabas, me gustó tu inmediata respuesta: contigo me encantaría. La orquesta tocaba ‘Ansiedad’ y tú abriste los brazos… y yo, riendo, te dije que aceptaba. Vale, bailemos, pero no hará falta que musites palabras de amor, como dice la letra de ese bolero rítmico.
Ibas con tu disfraz de agente comercial y enlazarme contigo con aquella pieza, a pesar de que eras el chico más joven que había por allí, me pareció que me sumergía en otra década. No sé a ti. El tiempo, no obstante, es relativo, ya lo dijo Einstein.
Cuando tus torpes pasos danzarios y los míos se cruzaban… aunque no llegaste a pisarme, me estaba arrepintiendo de haber aceptado tu baile. Pero la orquesta llegó al final de la canción y la empalmó con otra, esta lenta, italiana, ‘Al di là’, que cantaban a trozos en español: más allá, más allá de la estrella, estás tú… al di là della volta infinita, al di là de la vita, nos pusimos tiernos, mucho, y tuve que interponer el antebrazo entre tu pecho y el mío cuando sentí que te excitabas. Yo también lo estaba.
Días después, en otras salas, a las que íbamos los dos solos… ya sabes. Dejamos que nuestros cuerpos expresaran sus emociones. Callados los dos. A veces te sentía como si fueras un niño abrazando a su madre… con una ternura muy honda, con un cariño intenso y natural. Con nadie había sentido algo así.
En las canciones rápidas, nos soltábamos y bailábamos cada uno a su aire, pero siempre volviendo el uno al otro, con abrazos fugaces… magnéticos.
Tal vez eso te inspiró aquello que escribiste en una servilleta del Niu Guerrer de la calle Princesa: “Si tu cuerpo fuera mío, / liberaría tu cuerpo / para que en libre albedrío / volviera tu cuerpo al mío”. Te dije que era muy bello y que debías continuarlo, matizando, empero, que ningún cuerpo de mujer puede ser propiedad de nadie, solo de ella misma. Pero, al parecer, perdiste tu conexión con la musa. Pagamos y salimos por la puerta de atrás del bar, camino del Born, cogidos de la cintura, como si fuéramos el uno del otro en libre albedrío.
Pero, pero, la última vez que fuimos a Les Enfants bailamos uno junto a otro, aunque, en realidad, tú bailabas solo. Yo trataba de sentirte, pero solo percibía tu ausencia.
He pintado una acuarela. Sobre un fondo gris salpicado de puntos de plata en la parte de arriba (para lograr ese efecto he derramado medio sobre de sales de litines, que tenía a mano). Se ve una gruesa línea vertical azul marino que he trazado directamente con el tubo de gouache y que he aumentado con una sombra púrpura, a pincel, con bastante agua… Cerca está otra línea vertical verde como mis ojos y perfilada de carmín. Esa línea observa al ausente bailarín azul.
Al pie y a los lados, en una cenefa, encolaré personajes que he recortado de El Pulgarcito.
En una esquina, abajo a la izquierda, Zipi; en la de la derecha, Zape. Junto a Zipi, Mortadelo; junto a Zape, Filemón. A tu lado, a tus pies, Carpanta, mirándote: "Este chaval baila solo, no debe tener nada qué comer ni con quién, el pobre", parece decir.
Arriba, colgando, en una bola irregular de vidrios y espejos asimétricos, colocados como un trencadís de Gaudí, incrustaré a otros personajes: el abuelo Cebolleta, sus familiares, Anacleto, el agente secreto, las hermanas Gilda, Leovigilda y Hermenegilda… Tal vez refuerce ese trencadís con algunos personajes del TBO, como la familia Ulises.
Ese marco incompleto y abigarrado de la composición y los personajes me ayudará a resaltar la soledad de la columna azul y púrpura. Hay otras líneas y habrá más, de colores más tenues. Compañeros de pista. Otros solitarios que seguramente dejarán de serlo. Mientras tanto, bailan.
Esta obrita se titula ‘Bailar y vivir’ y será para mí. Tal vez la exponga, pero no la venderé.
Quizá tengas razón: somos lo que bailamos, solos o con otros. Ojalá recuerdes, cuando llegue tu tiempo del seremos, que bailaste con el cuerpo hechizado por el compás de otro cuerpo.
Bailar es vivir. Lo más parecido a la vida más allá de la vida, al di là de la volta infinita, que, hasta ahora, he conocido.
Siempre tuya
Nicia, la que baila, bailó y bailará.
XXVI
L’home dels coloms
Carlitos:
Hoy he visto a Louise. Quería enseñarme unos dibujos de pájaros que ha ido haciendo en sus salidas montañeras. Tiene dos pequeños cuadernos con paisajes, casas lejanas, campos labrados vistos desde las alturas, árboles solos o en pequeños grupos… También tiene unos pocos dibujos de casas de campo, de fondas donde ha comido, de fuentes, de huertas y montes que aparecen al fondo de calles de pueblo. Esos son los que más me han gustado, quizá porque yo soy muy urbana. Quiere reproducir varias imágenes en cartulinas grandes y deseaba saber cuáles veía mejor —Con menos defectos, —me ha dicho, con modestia.
Me ha sorprendido su sensibilidad con los pájaros. Le he dado indicaciones sobre volúmenes y en un par holandesas le he dibujado unas palomas. Como hemos quedado en un café de la calle Mallorca con Lepanto, cerca de su casa, que está a poco más de ocho calles de la mía, he ido caminando, y al pasar por la calle Marina, frente a la Sagrada Familia, me he entretenido unos minutos viendo a l’home del coloms, ese pordiosero que va por la ciudad con un carrito y unas cuantas palomas más o menos amaestradas. Realmente es un personaje inconfundible. Cuando era niña y lo veía me preguntaba por qué no sonreía nunca. Mi padre me dijo un día que no podía hacerlo porque tenía que apretar los labios para que los cañamones que se ponía entre ellos no cayesen. Las palomas volaban alrededor y se iban de vez en cuando a su boca, picoteándola mientras aleteaban, dando la impresión de que le besaban, aunque en realidad iban a por los cañamones. Posee toda una técnica para llevarlos adentro de la boca y volverlos a sacar a sus labios, según quiere que las palomas se marchen o vuelvan a él.
De memoria, he dibujado alguna paloma volando y al hombre empuñando un palo en el que sujeta un aro por el que trata de hacer pasar a las palomas, no siempre con éxito. A Louise le ha divertido también que hiciera un apunte sencillo del hombre: bajito, sucio, con esos pantalones que recuerdan a los de golf, y su chaqueta de sarga color ala de mosca completamente llena de cagadas de paloma…
Unos japoneses que estaban admirando la obra de Gaudí se han quedado sorprendidos con el personaje y le han dado unas monedas. Así consigue las pesetas con que comprar cañamones y algo más para él.
Al salir del bar hemos visto una tórtola turca. Según Louise hay muy pocas en Barcelona. Nos ha mirado con descaro y coquetería. Sabe que su plumaje beige con matices rosados es más bonito y armonioso que el de las palomas grises. La dibujaré.
En ese momento, Louise me ha comentado que ayer se vio contigo. Que fuisteis a tomar café a una granja.
—Ah, qué bien. Ya te comenté que Carlos es un chico muy agradable, —le he dicho.
—Sí, mucho. Me ha respondido sonriendo, mientras se marchaba.
Yo me he quedado estupefacta. Pensativa. No me habías dicho nada, querido. Mañana te llamaré por la mañana y si te apetece quedamos cuando termines tu trabajo a tomar un café o para pasear y, también si te apetece, me cuentas algo de tu rápida e intensa amistad con la francesita pirenaica.
Para volver a mi casa he pasado de nuevo por la calle Marina y les he preguntado a unos niños que estaban jugando si estaba por allí el hombre de las palomas. Me han dicho que no, que se había marchado muy enfadado porque una paloma se le ha escapado y se ha metido en el almacén de maderas que hay ahí, delante de la fachada del templo. No la ha recuperado, me han dicho con caritas de solidaria resignación.
El azul del cielo me ha parecido algo más pálido que dos horas antes. Algunas nubes deshilachadas parecían jugar detrás de las torres de la Sagra.
Esto es Barcelona. Nuestra ciudad.
Nicia, la que dibuja palomas y tórtolas urbanas.
XXVII
Siempre nos quedará un trencadis de momentos felices
Carlos:
Tengo la impresión, que se acentúa día a día, que nuestra loca relación nos ha legado otra intensa y maravillosa experiencia afectiva: la del amor a Barcelona, nuestro paisaje.
Hemos paseado por la ciudad, hemos ido a espacios que eran desconocidos para mí. Hemos conocido juntos lugares bohemios que forman parte del tesoro de la ciudad, que son su historia vital. Nos hemos besado y arrimado en rincones inverosímiles. Del Borne a Horta, de Montjuich a Verdún. Del Tibidabo a los merenderos de la playa. Ha sido un milagro que no hayamos sido sorprendidos por personas conocidas. Claro que la que debía guardar discreción era yo, pero ha habido momentos incontrolables de deseo, algo que tú, como me has dicho muchas veces, no habías sentido nunca, pero yo tampoco, aunque no te lo hubiera confesado al principio.
En realidad, estaba conducida por una fuerza mayor que solo había experimentado con tanta intensidad al pintar y, después, algunas veces, al escribirte.
No hemos encontrado la felicidad, solo algunos de sus fragmentos que a ratos hemos juntado como en un trencadis de Gaudí. Pese a las secuelas dolorosas, hemos descubierto los grandes impulsos de la vida. Cuando me he alejado de ti he temido perderlos para siempre, pero ahora me he dado cuenta de que no, de que esos impulsos son míos, aunque hayas sido tú quien los ha despertado. Y de todo esto, cuando no seamos más que un recuerdo el uno para el otro, nos quedará un trencadis de emociones descubiertas al amparo de Barcelona. Y nuestra ciudad, llena de secretos que solo conocemos tú y yo, seguirá siendo un mosaico imborrable de momentos felices.
En las escaleras que bajan de Vallvidrera, en las salas de baile, en los cafés, las granjas y los bares (algunos con altillos discretos), o en los parques de Montjuich, donde estuvimos en un tris de ser atracados por aquellos navajeros, sentiremos que hemos sentido. Y seguiremos sintiendo, cada uno en sí mismo, la pasión que descubrimos que nos habitaba.
Y un gran amor, el amor de Barcelona, nos acompañará siempre. Nuestro otoño llega a su fin. Te deseo que seas feliz con Louise.
Eran muy verdes las hojas de los árboles
en las tardes doradas de septiembre
Y tus ojos y mis ojos tan brillantes
que nuestra propia luz nos impedía
entender que las hojas morirían
secándose en el suelo al desgajarse.
Pero amarillearon y cayeron
y tú eras una hoja y yo era otra
en la frontera oscura del invierno
dejamos nuestros verdes en el cielo
y dormimos marchitos en el suelo.
Eran muy verdes las hojas de los árboles
y tu mirada enamorada
era también muy clara y luminosa.
Nicia, la dueña de los colores de los atardeceres de Barcelona. La de los cabellos castaños.
Fin de 'Las Cartas de Nicia' (véase el Epílogo, donde se refiere la vida de algunos personajes hasta 1985)
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Otras fuentes: 'Rastreamos un envío de libros raros. Terminó en un centro de entrenamiento de IA de Amazon'





