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Las cartas de Nicia (Primera entrega, del capítulo 1 al 14)

28/04/2026 - Jordi Rueda Mateu / Las cartas de Nicia

Las cartas de Nicia 1''Yo me sentía en un mundo nuevo que iba descubriendo regocijada''. Foto del autor.

 

Las cartas de Nicia

la de los cabellos castaños

Jordi Rueda Mateu

 

I

EL BREVE TIEMPO DE LAS CEREZAS

Invierno de 1968

Sr. D. Carlos Maldau Ribot - Calle Enamorados, xx - Barcelona 13.   Rte.- Elena Casas Pratdellorers. C/. Industria. xxx - Barcelona 25

 

Estimado amigo Carlos:

Lo prometido es deuda. Cuando te expliqué que algunas veces me había escrito cartas a mi misma, me pediste que te escribiera una a ti.

En ese momento, cuando me aseguraste que nunca habías recibido carta alguna de una mujer, me sentí halagada, pero al mismo tiempo algo insegura ¡Es que yo solo le he escrito alguna carta muy formal a mi prometido y ninguna a otros hombres! Espero que mi nerviosismo no se note demasiado.

Aquel día en que coincidimos en el baile de tarde de los jueves en La Pérgola y tú te sumaste a nuestro grupo y fuimos todos juntos a tomar unos chiquitos al barrio del vino, el azar, por una vez, solo por una vez, fue cómplice de nuestra confianza posterior. Unos y otros se fueron yendo para sus casas y yo me quedé anclada, junto a ti, algo azorada, esperando que te despidieras o que me acompañaras a tomar el autobús… Iba a decirte adiós, pero antes de que pudiera hacerlo me tomaste del codo y me dijiste: Vamos a ver a si quedan pescaditos. Hice ver que no sabía decir no, pero mi pecho empezó a hervir y no viste mi rubor porque las sombras se aliaron con mis mejillas. Estaba como hechizada y quería seguir junto al brujito.

Esa taberna, La Plata, con el vino servido en pequeños porrones, tiene mucho carácter. Yo me sentía en un mundo nuevo que iba descubriendo regocijada. En el camino, cuando aquel borrachín cuarentón se cruzó con nosotros y me hizo aquella gran reverencia diciendo “Señorita, a sus bragas”, tuve la excusa perfecta para colgarme de tu brazo. Y temblaba, pero de risa.

No te lo dije entonces, pero siempre he odiado las sardinas y el olor que despiden, pero aquellas, no muy grandes, pescadas la madrugada anterior, según nos dijeron, y recién fritas, me supieron a gloria. Te lo dije y me respondiste La gloria eres tú. La temperatura, dentro de mí, se disparó hacia lo alto, por un momento mi cabeza se llenó de fuego... o de humo, no sé. El segundo porroncito de vino fresquito me alivió y, como viste, ¡se beber en porrón!

Podría decirte que me divertí mucho, pero fue algo más. No pensé ni por un momento en que algún familiar o vecino o amigo de mis padres o de mi novio pudieran verme tan divertida con un jovencito de buen porte (entonces ya sabía que te llevaba algunos años, pero ¡me parecías, pese a ser un bambi, un hombre interesante!).

Después, paseando por el Barrio Gótico, de tu brazo, como si volviera de merendar con una amiga, riendo y diciendo tonterías, tuve ganas de que me achucharas un poco. No sé si te hubiera apartado, creo que no. Las campanas de la catedral dieron las once y corrí en busca de un taxi. Nunca llego tan tarde a casa.

Pensé mucho en ti, Carlos, esa noche y pensé que sentías por mi tanta atracción como yo por ti y que no debería jugar contigo, pero es que yo no estaba jugando, estaba siguiendo mis impulsos.

En unos días te escribiré otra carta. Es tarde y se oye como tecleo en la máquina de escribir, aunque esté en mi cuarto. Otro día te escribiré a mano, si quieres.

Iniciar esta comunicación contigo es un placer. No me escribas. No quiero que mis padres me pregunten al ver el sobre. Te llamaré por teléfono.

Con mucho afecto, tu amiga

Helena Casas, la que sabe beber en porrón.

* Los bailes de los jueves por la tarde eran muy animados en la Barcelona de los sesenta. Ese día libraban las jóvenes sirvientas domésticas y aprovechaban para ir a salones de baile con solera como La Pérgola, en Montjuïc, donde se sumaban a los amantes del swing, el mambo, el chachachá o los boleros, que no faltaban en el repertorio de las orquestas que amenizaban las veladas.

* * Helena se refiere al Bar La Plata, situado en una esquina de la calle de la Merçé y donde, desde los años cuarenta, se sirven pescaditos fritos. Sardinas o boqueroness que empezaron comprando a los pescadores de la Barceloneta a la vuelta de sus barcas tras la faena nocturna. El bar tenía hora de cierre variable; cuando se le acababa el pescado, echaban la persiana. En 2026 sigue manteniendo esa tradición, aunque han incorporado algunas tapas más a su oferta.

II

Café en la mesa camilla 

Querido y cariñoso Bambi

Te voy a confesar algo y espero que no te enfades. Te mentí. La tarde en que te presentaste en casa a entregar el original de un trabajo de imprenta para la correduría de seguros del señor Lorenzo Casas Estany, o sea, mi padre, te hice pasar a esperarle sabiendo que él no iba a venir. Me había telefoneado unos minutos antes dándome instrucciones para que recogiera el trabajo y le excusara contigo. 

Pero cuando te veo soy incapaz de alejarte de mí. Mi voluntad se doblega y no me importa mentir si hace falta. ¡Yo, que siempre me he jactado de no mentir nunca! 

Pero esa tarde te hice pasar y te pedí que te sentaras a la mesa camilla del cuarto de mi madre. Espera aquí, si quieres. Preparé dos cafés y me senté frente a ti. Hablamos de los vinos que tomamos unos días antes, de que a ti te gustaba el navarro Las Campanas, que servía Casa Marcos, pero a mí el blanco de bota fresco en los porroncitos de La Plata…  

Nuestras manos jugueteaban junto a la azucarera. Las yemas de mis dedos, como imantadas, se pegaron a las yemas de tus dedos. Fue algo incontrolable. Una leve pero constante corriente eléctrica nos unió. Compartimos escalofríos y luz en los ojos.  

Con los vellos erizados, al menos los míos, no sé si los tuyos, creo que sí, alcé la cabeza y nuestras miradas se encontraron. La tensión se redujo cuando dijiste, sonriendo, aquella tontería: “Qué ojos más grandes tienes”. 

—Es que no te lo he dicho, pero soy una loba —respondí.  

—Ah, pues ahora mismo no me importaría ser un corderito… 

Empezamos a reír y a reír. Y, entre risas, despegamos los dedos. 

—Se me hace tarde. El señor Lorenzo no viene. Dejo aquí el original para que lo vea y lo apruebe, si le gusta. 

Cuando nos despedimos no te atreviste a besarme en la mejilla, noté que lo deseabas, pero las yemas de tus dedos volvieron a las mías. Fue otro instante indescriptible, electrizante, inolvidable. 

Tuya siempre, pensando en ti 

Nicia, la que sirvió café en la mesa camilla. 

P.D.- A partir de ahora llámame Nicia, será mi nombre exclusivo para ti, querido Bambi. ¿No te importa, verdad, que algunas veces te llame así, Bambi, cariñosamente? ¡Eres tan tierno! 

III 

Besos golosos 

Querido y dulce amigo: 

Nunca hubiera pensado que había besos con sabor a chocolate. Pero esa tarde en que pasaste a buscarme a la salida de la librería de viejo donde he trabajado durante el último mes (eventualmente, ay, aunque me gustan tanto los libros que no me importaría seguir por mucho tiempo), no tuviste otra ocurrencia que llevarme a merendar a una chocolatería.  

La taza de chocolate me supo muy bien, aunque fue más divertido ver tus labios manchados. No imaginaba que fueras tan goloso. Se te puso cara de travieso ya en el mismo momento en que encargaste “Una taza de chocolate, un suizo y unos bollitos”. Para mí, chocolate solo, y para ti, con una montaña de nata encima, un suizo. 

Quizá ya pensabas en tu gran travesura de la tarde, aunque no lo creo, eres tan impulsivo: querías besarme, pero lo hiciste como sin pensarlo. Sin aviso. De pronto. 

¡Qué rico! Nunca ha habido beso más dulce en toda la historia de los besos. ¡Nuestro primer beso en público! Pequeños grumos de chocolate se depositaron en nuestros labios y lucíamos bigotillos blancos de nata, los dos. Fue obligado mordisquearnos. Tú saboreaste mi chocolate y yo tu chocolate con nata. Después, enseguida, quedamos inmóviles, arrobados.  

Sin apurar la merienda salimos de la chocolatería, bajamos por la callecita hasta la plaza, entramos y salimos de una antigua y bella iglesia que tenía un rosetón muy grande y apoyados en una pared centenaria nos volvimos a besar, mientras una vieja beata, de esas que a media tarde ya están esperando la misa de 8.00, nos miraba con reprobación. Salimos, paseamos, buscamos las calles oscuras del barrio. Tu mano era fuerte en mi cintura. “Me gusta tu talle”, dijiste, mientras mis ojos se nublaban a causa de tantas sensaciones, todas deliciosas. 

Más besos. Esos sí fueron ya pasionales. Saliva con sabor a ti. 

Nuestro primer beso en público, sin embargo, tuvo, antes, sabor a chocolate. 

No sé cómo puedo resistir ahora estar alejada de ti. Esta tarde nos veremos.  

Hasta luego, ¿hablaremos de poesía? 

Besos, con sabor a mí 

Nicia, la del bigote de nata. 

*Probablemente la pareja acudió a una de las chocolaterías de la calle de Petrixol. Y después fueron hasta la vecina plaza del Pino (sic) y entraron en la iglesia gótica de Santa Maria del Pi. 

IV 

Llorar de felicidad 

Querido amigo:  

Hoy he soñado que estaba llorando.  

He soñado que tenía la cabeza recostada en tu pecho y lloraba. Era feliz. El sabor salado de mis lágrimas se mezclaba con el olor a ti. Creo que en ese momento me he despertado y he sentido mis mejillas mojadas. He llorado de verdad. 

Cuando pienso en ti y eso es casi todo el día, advierto que mi corazón se acelera muchas veces y que luego se aquieta, que mis ojos se llenan de luz y que casi tiemblo de ilusión. No debe extrañarte, pues, que sueñe contigo y que llore de felicidad. 

Esta es la cuarta carta que te escribo (y la primera a mano). Hace tiempo que trato de llevar un diario de mi vida, de mis cosas más íntimas, mis sentimientos, cosas que las personas olvidamos y que deberíamos recordar siempre. Las malas y las buenas. Lo he empezado algunas veces y tal como lo empezaba lo dejaba. Pero escribirte a ti, al igual que alguna vez, escribirme cartas a mí misma, me sirve de estímulo. Es el empujoncito que me faltaba. Sé que me comprendes sin que yo tenga que extenderme en explicaciones, y me resulta fácil ponerme a escribir. Nunca me había pasado algo así, sentirme transparente; ni con las personas más cercanas siendo pequeña.  

Cuando estamos juntos, como tengo la sensación de que lo sabes todo, no te cuento apenas nada. Prefiero estar callada cuando me tomas las manos y las besas con esa ternura propia del que besa a un niño y que, en realidad, lo sé bien, es un amago de ardorosa pasión. Tanta pasión como la que yo siento después, al abrazarte en el momento oscuro del día en que toca despedirnos, mientras a tu espalda las luces de los faroles se reflejan en los adoquines gastados de la calle Industria, si me acompañas, o en los setos de los jardines públicos donde pasamos horas.  

Ese abrazo es el que me hace llorar. Soy feliz y quiero estrecharme con la felicidad que, inevitable e invariablemente, se marcha.  

Quizá ahora comprendas por qué sueño contigo y lloro. Y soy feliz. 

Tu amada soñadora 

Nicia, la que es feliz llorando en sueños. 

Noches de blanco satén 

Querido amante amigo: 

Esta semana ha sido amarga. No nos hemos visto. No sabes cuánto echo de menos tus besos y tus apretones. Y a tus manos ágiles y flexibles buscando los rinconcitos de mi cuerpo en un rincón de la ciudad al caer la noche. Pero, estoy alegre. Este domingo por la tarde podré salir.  

¿Vamos a un baile? Uno de música pop, donde toquen canciones de los Moddy Blues, como aquella que pusiste en la sinfonola del bar y que empezamos a bailar debajo de aquel letrero que ponía Por orden gubernativa se prohíbe cantar ¡Estábamos tan contenidos…! el dueño nos miraba con simpatía, pero se le notaba que nos iba a decir que, al igual que cantar, tampoco se podía bailar ¡cosas de la autoridad! No le dimos tiempo, paramos, pero me quedé con ganas de bailar enteras y contigo esas Noches de blanco satén. He oído la canción por la radio hace un rato y me he puesto a imaginar que estábamos en la habitación de un castillo, entre cortinajes de terciopelo granate y visillos blancos, bailando envueltos en velos de blanco satén que volaban a nuestro alrededor… y que por una ventana gótica entraban bellas mariposas de mil colores. 

Iremos a bailar el domingo, ¿verdad que sí? 

Si vamos te diré cosas bonitas al oído en la pista. Después podemos pasear o ir a tomar un té. 

Muchos cariños (envueltos en blanco satén) 

Nicia, la que besa a escondidas. 

VI 

Calor que viene de dentro 

Querido Bambi mío: 

Tuviste un gran acierto al llevarme a esa pequeña sala de baile de ese barrio de Barcelona en el que yo no había estado nunca. El público era muy joven, más joven que yo, de tu edad, pero me gustó el ambiente y los conjuntos que tocaban.  

No sé si tú escogiste el momento para que nada más entrar y dejar las chaquetas y el bolso en aquella incómoda banqueta oblonga, empezara la tanda de lentos. “Palabras son, te digo con amor, no tengo nada más”, la versión en español del éxito de esos chicos australianos, los Bee Gees. Te prometí que te diría cosas al oído si me llevabas a bailar, pero me quedé muda. Las canciones eran tan bonitas y sonaban tan bien que allí, de pie... me abracé muy fuerte a ti, tanto que ni un papel de fumar hubiera cabido entre nuestros cuerpos. Perdí la noción del tiempo. Sé que nos plantamos en una baldosa balanceándonos muy suavemente cuando tocaron ‘Con su blanca palidez’, de los Procol Harum; ‘Angie’, de los Rolling Stones; ‘With a Little Help From My Friends’, de los Beatles, y que solo nos despegamos un poco cuando cantaron ‘Los ejes de mi carreta’, preciosa letra: Porque no engraso los ejes me llaman abandonao, si a mí me gusta que suenen pa’qué los quiero engrasaos. Es demasiado aburrido seguir y seguir la huella, andar y andar los caminos sin naide que te entretenga. Después nos balanceamos, igualmente agarraditos, cuando el grupo Los Legendarios tocó ‘Delilah’, de Tom Jones. 

Llegaron los rápidos con ‘Satisfaction’ y fue el momento de salir. Parecíamos sofocados, pero no, era otra cosa, el calor nos venía de muy adentro. En la calle había familias endomingadas que regresaban a sus casas. Me tomaste otra vez de la cintura y caminamos hasta la parada del tranvía. Fue una tarde maravillosa. 

No veremos el jueves. 

Con amor 

Nicia, la que te regala palabras al oído y en carta. 

* Tal vez se refiere al barrio de Verdún, donde en una callecita cercana a los jardines de Llucmajor existía una sala de música en directo llamada La Covacha. En la Barcelona de los sesenta los jóvenes frecuentaban salas de barrio alejadas de su casa. Especialmente las chicas, que evitaban, así, ser vistas por vecinos o maledicentes conocidos. 

VII 

Unas estrofas 

Querido poeta de mis desvelos: 

Esa cosa tuya de quitarle valor a todo cuanto haces me desconcierta. Para ti solo valen los libros de poesía, la música, los cafés, los tés (sin limón, sin limón), el champaña para la comida de los domingos… y un poco, también, tu trabajo. Algunas cosas materiales y todo lo nuevo tienen mucha importancia para ti. Estás descubriendo la vida (y yo junto a ti, aunque te lleve más de tres años), pero tú también haces grandes cosas. Tienes buenas ideas publicitarias, según dice mi padre (ahora no vayas a subirle la tarifa, ji ji) y cuando te pones a escribir lo haces muy bien. 

Y, además, te gusta hacerlo. Te pedí una poesía para mí y te faltó tiempo para escribir unas estrofas en las servilletas de papel del bar. mientras yo hojeaba el Tele/eXprés y me enfrascaba en una crónica del conflicto racial en los Estados Unidos. 

Cuando cerré el diario, dijiste, con las mejillas suavemente arreboladas, son unas estrofas para ti, y me las enseñaste. Lo hiciste de tal modo que parecía que no fueras tú el autor. Pero lo eras. Yo te estaba viendo de reojo cuando las escribías, muy concentrado. Yo las tomé y las leí dos veces, emocionada. 

Si no hubieras apreciado lo que acababas de crear no me hubieras pedido que te devolviera las servilletas para pasarlas a limpio. Ah, pero te dije que no, que lo haría yo. Y hoy las he transcrito, sin corregir nada; no he puesto ni una coma (no hay ninguna). Me he emocionado al sentir tu percepción de mí. De verdad. Cuando hablas de mi talle y de mi sonrisa y de mis ojos y vienes a decir que no puedes vivir sin que te mire, parece que tenga pequeñas serpientes recorriendo mi cuerpo, por dentro y por fuera. Y me brotan lagrimillas de felicidad. 

Ahí la tienes. Como hace días que la escribiste, te parecerá casi nueva. A mí me ocurre cuando releo algo mío después de un tiempo.  

Cabellos castaños 

Ojos verde oliva 

La tez color trigo 

¡Qué sonrisa fácil 

cuando estás conmigo! 

 

Tus ojos me brillan  

con luz chiquitita 

¡Tu talle es tan grácil! 

¡Todo es alegría! 

 

Me gustan tus ojos 

Me gusta tu talle 

tu tez color trigo 

tu sonrisa fácil  

 

Tu talle, tus ojos 

tus labios muy rojos 

me llenan de gozo 

cuando estás conmigo 

 

Cuando estás conmigo 

todo es alegría 

Si no me miraras 

yo me moriría. 

Transcribir esas “estrofas” me ha costado tener ahora los ojos húmedos. Me he mirado en el pequeño espejo que tengo en el buró de mi habitación y he visto esa luz chiquitita que dices… Ay, me gusto. 

Y tú no deberías restarte méritos. Esa timidez tuya se irá con el tiempo. Aunque lo disimulas, eres muy tímido. También me agradas por eso, pero quiero que te hagas un poco de caso, como te lo hacemos los demás. 

Gracias por el poema. En lo que a mi concierne no te dejaré morir nunca, siempre te miraré y seré tu alegría, mientras quieras, mi joven poeta. 

Hasta la vista, que será muy pronto. Yo tampoco puedo estar sin mirarte. 

Nicia, la de los cabellos castaños.

VIII 

18 años 

Querido joven adulto: 

Has cumplido 18 años. Ha sido fantástico poder festejar juntos ese día*. Cuando empezamos a vernos con asiduidad y supe que eras diecisieteañero no me lo podía creer. Ahora, en cambio, después de la tarde y la noche de ayer, ya no me siento una Mrs. Robinson, como en aquel momento.  

Que tus amigos te dejaran esa buhardilla del barrio del Borne** para tu celebración me produjo sentimientos encontrados. No estaba segura de si debía acompañarte; yo nunca había estado a solas en una casa o en una habitación con un hombre. Mi prometido no se ha atrevido nunca a proponérmelo abiertamente. Me hubiera negado con toda seguridad. Como dice una amiga de mi hermana que es, aunque mallorquina, medio puertorriqueña, a los hombres no hay que darles nunca todo lo que piden, conviene tenerlos en candela. Un consejo que no he seguido contigo. Te lo he dado todo, todo. Aunque cuanto más te doy de mí, más siento que tengo para darte. Es algo extraño y dichoso, a la vez. 

Tus botellas de champán y mi bandeja de frutas, además del pastelito con las 18 velas que compramos en la confitería de la plaza del Ángel, me hicieron sentir la vida como deliciosa. La vista de los tejados de las viejísimas casas de la vieja Barcelona, desde esa especie de palomar donde viven tus amigos bohemios, con los últimos rayos del sol de la tarde coloreando las paredes y anunciando la primavera que íbamos de estrenar, me llevaron a un sueño, o a una película soñada, nunca filmada, de la que estábamos, oh, paradoja, viviendo su premier desde dentro de la pantalla. 

No te hablaré de lo que sentí al abrazarnos desnudos; ni después.  

Hay momentos en que la vida nos envuelve como si fuera un cuento de hadas, o de magas. Así me sentí, como una maga que te transformaba en un hombre bello, viril. Un hombre apuesto, con un cuerpo dúctil y deliciosamente joven. Verte y observarte desnudo, una vez calmamos un poco nuestra excitación, fue un placer sobrenatural. Sabes cuánto me gusta pintar y, desde ayer, no paro de imaginarte posando para mí. 

Tu apostura juvenil me inspira. Sueño con tu piel suave y limpia. No eres un atleta como los que esculpían los griegos ni tienes los abdominales ni los hombros anchos del David de Miguel Ángel. Tu silueta (te veía anoche a contraluz) es armónica, quizá más que otras consideradas modélicas, porque no hay excesos en ella, y la ligera curva de la barriga te acredita como un futuro bon vivant, que es, o yo lo creo, lo que tú quieres ser. Un hombre cultivado, hedonista, capaz de saborear los grandes placeres, la comida, la bebida, los juegos eróticos. Te deleitas con la luz del día que nace sobre ciudad y la va descubriendo poco a poco, y te embobas con la luz de la luna hasta que el beso y las caricias de una mujer hermosa (yo) te lleva a las galaxias. Cuando estoy contigo siento que eres todo eso. Y con mi piel en comunión con la tuya me convierto en una mujer única, dueña del mundo.  

Debemos buscar un lugar donde puedas posar para mí. Si al principio me atrajo ese amor tuyo al baile y a la poesía que no tratas de disimular, ahora deseo sobre todas las cosas dibujarte y pintarte. 

Vamos a pensar dónde y cómo ¿verdad? 

Tu dueña y, también, tu sierva 

Nicia, la que te quiere pintar   

*En 1968 los varones alcanzaban la mayoría de edad a los 21 años, si bien a los 18 adquirían ciertos derechos, por ejemplo, acceder a las salas de baile y de fiestas. A las mujeres también se les permitía ir a bailar a los 18, pero no eran mayores de edad hasta cumplir los 25.  

**En el barrio de la Ribera se ubicaba el Born, o Borne, un espacio extramuros donde se celebraban torneos que se convirtió, siglos después, en el mercado central de frutas y verduras de Barcelona.   

IX 

Ver sin mirar, amar sin tocar 

Apuesto joven galán: 

Ayer me dijiste una cosa muy hermosa: Si no tuviéramos cuerpo nos sentiríamos tan irremediablemente atraídos el uno por el otro como nos sentimos ahora.  

Recuerdo tus palabras y se dispara mi fantasía. Imagino que subimos juntos a un pico muy alto y que al llegar a la cima nuestros cuerpos se subliman y se convierten en gaseosos y, como si fueran una pequeña nube transparente, comienzan a viajar por el aire, sin forma, viendo el mundo y hasta las esferas celestes sin necesidad de mirar. Como si el universo entero cupiera en nosotros y lo tuviéramos presente sin esfuerzo alguno. 

No vayas a pensar que desvarío. Yo había soñado algo parecido otras veces. Que llegaba a lo más alto del mundo y que ya no necesitaba mirar para ver. Mi vivencia era tan real que me obligaba a pensar en cómo plasmarlo en alguna de mis acuarelas, aunque no conseguía encontrar la idea gráfica. Con ironía me decía que algún día, ahondando en mí o, quizá, enloqueciendo, llegaría a visualizar un retrato de mi alma. 

Pero ayer, tu teoría-declaración de amor incorpóreo me revolvió por dentro y me hizo sentir que habías atrapado el más oculto de mis sueños y lo habías hecho tuyo. 

Puede que sí, que efectivamente hoy esté más loca que ayer (pero menos que mañana), por ti.  

Te quiero 

Nicia, la que te desearía, aunque no tuvieses cuerpo 

P.D.- No obstante, tampoco olvido, querido mío, que unos segundos después de esa expresión de amor inmaterial, tu mano traviesa empezó a explorar los pliegues de mi falda. Si no llega a aparecer el camarero con las bebidas no sé qué hubiera pasado allí mismo, en el altillo del bar. 

Baile pachanguero 

Querido mío: 

El próximo jueves, nuestro grupo de amigos repetirá en un baile pachanguero. Vamos a salir y hemos dicho que nada de música pop, tal y como hicimos aquel jueves en que te uniste a nosotros, cuando acabamos solos (tan divertida y felizmente solos) paseando por el Barrio Gótico ¡qué rápido me han pasado estas semanas tan intensas! 

No te lo explico solo para tenerte informado de mis correrías, también por si te tienes ganas de venir con nosotros. Si lo haces, ten presente en todo momento que hemos de mantener ciertas distancias. Vendrá mi amiga Iluminada, con la que sé que te llevarás bien, puedes charlar un poco con ella, que es de tu edad y un poco tímida.  

Yo soy una chica formal (muy formal, excepto cuando estoy a solas contigo) y debo mantener mi buena fama.  

Simpatizo contigo, pero nada más. En el grupo hay conocidos de mi familia y de mi novio (mi novio formal). Pero me gustaría que vinieras. Aún no hemos determinado a qué baile iremos. Quizá a El Casinet de Horta, o a otro local de Hostafrancs. Te lo diré en cuanto lo sepa. 

Con ganas de verte (y de rozarte cuando no nos miren) 

Nicia, la que guarda las formas cuando es necesario. 

XI 

Reunión familiar 

Querido niño:  

Las cosas se me complican en casa. Mi novio viene a Barcelona en dos sábados, aunque todavía no a quedarse pues seguirá con esa contabilidad que está llevando en Zaragoza. Sus padres y los míos quieren que tengamos una comida todos para ir definiendo nuestro futuro. Habíamos hablado tiempo atrás de empezar los planes de boda para cuando él termine las milicias universitarias, a las que se reincorporará en mayo. Si no hay novedad, fijaremos fechas pasado el verano.  

Eduardo también insiste en que tengamos esa reunión con las familias. No sé si se huele algo (lo nuestro no, pero seguramente observa que mi comportamiento con él aunque sigue siendo afectuoso, es más frío, y si ya antes tenía que aguantar que yo mantuviera algunas distancias, ahora las sufre más. Apenas nos hemos enviado dos tarjetas portales desde las pasadas navidades). 

Como te he comentado alguna vez, yo me prometí con Edu, que fue compañero de mi hermana en la Escuela de Altos Estudios Mercantiles, porque simpatizábamos y él se me declaró enseguida. Lo pensé un poco, pero acepté al cabo de unos meses. Pensé que el matrimonio me convenia. Poder tener pasaporte e ir al extranjero sin tener que cumplir el Servicio Social, aunque sí precisara la licencia marital en caso de viajar sin él*; la posibilidad, también, de continuar la carrera de magisterio (que de manera tan inconsciente interrumpí, faltándome solo un curso), administrando mejor mi tiempo… Como sabes, quiero dedicarme a la pintura, pero me importa, y mucho, de veras, tener más conocimientos, estudiar, y creo que también me gustaría ser profesora durante unos años. Enseñando se aprende. 

Ya casada, podría ir dejando esos trabajos eventuales en la librería y en la correduría de seguros en verano (aunque sabes que quiero tener mis ahorros por si necesito comprar cosas, pinturas, sobre todo) y por ahora seguiré trabajando en lo que me salga para no tener que pedir dinero a mis padres, que tampoco van sobrados. Así somos las familias de clase media baja con ínfulas de clase media-media, que es donde nos sitúa la señora Carmen, mi madre). 

Todo esto te lo cuento para decirte que no sé si podremos hacer esa escapada de fin de semana. Al menos de momento. Te informaré. 

Te quiero, mi niño. No vayas a pensar otra cosa. 

Nicia, la que odia las reuniones familiares.

* Antes de 1972, año en que la mayoría de edad de la mujer pasó de los 25 a los 21 años y se equiparó a la del hombre, las menores de 25 años no podían abandonar el domicilio familiar sin permiso del padre, excepto para casarse o para ingresar en un convento (art. 321 del Código Civil), y cuando ya habían contraído matrimonio, estaban obligadas a presentar la llamada licencia marital para trabajar, ejercer el comercio, ocupar cargos públicos u obtener el pasaporte. 

XII 

Iluminada se interesa por ti 

Querido Bambi

Creo que nuestra amiga Iluminada siente por ti un interés especial. Siempre me habla de Carlitos. Cuando te ve se queda medio pasmada, sin saber qué decirte. Estoy segura de que se sentiría muy feliz si le hicieras un poco de caso. Me ha dicho que te vio hace unos días hablando con una chica y me preguntó si tenías novia, por si lo sabía. Le dije que no tenía ni idea, pero que me parecía que no.  

Sentí un poco de rabia con su chisme involuntario y, por qué no decírtelo, celos. Llevamos una semana sin vernos y ¿ya te vas con otras? Hum. No te tomes mis chanzas en serio. Me gusta bromear. Realmente estos días lo he pasado muy mal imaginando que sufrías por no poder estar conmigo. No he llorado como alguna otra vez, pero he estado triste por no verte y, sobre todo, al considerar que soy yo quien lo está evitando. 

Mi situación es difícil en casa, pero es peor dentro de mi cabeza. Todos mis planes se quiebran y mis sueños se tambalean como si fueran borrachos del barrio del vino. 

No te puedo llamar, aunque me muero de ganas de oír tu voz. Mi madre, que, como sabes, estaba con mi abuela en la casa de Caldetes, ha vuelto al dulce hogar y no se mueve en todo el día. Y si se va un rato, aparece mi hermana. La asistenta viene unas horas, cinco días por semana.  

No puedo arriesgarme a que me oigan charlar cariñosamente con alguien desconocido, y ahora yo no sé hablarte de otro modo. Además, me cambia la cara, como te cambia también a ti cuando estás conmigo. 

Intentaré escaparme a una cabina para llamarte y quedar. Estos días me vuelco en pintar. He acabado una acuarela de un hombre de colores, hecho de manchas, sin trazos. Eres tú. Todo lo que estoy dibujando o pintando tiene alguna figura masculina. La tuya está ahí, en el fondo, siempre, aunque nadie, salvo yo y quizá tú, sabría verte. 

Estarás contrariado y quizá enfadado conmigo. Si es así, te quitaré el enfado a besos. Y, si no es así, también te llenaré de besos. No solo por ti, también porque necesito hacerlo. 

De esta semana no pasa. 

¡Te echo tanto de menos, amorcito mío! 

Nicia, la que escucha con placer la voz viril de su amante. 

P.D.- No te muestres siempre tan distante cuando veas a Iluminada. Es una chica de tu edad que se pirraría por serte fiel hasta la muerte. Te autorizo a que le dediques una sonrisa y a que le des un besito en la mejilla, pero nada más, eh. 

XIII 

Manzanas de Lérida 

Mi dulce amigo: 

Querer no es poder, digan lo que digan. Nuestra cita de ayer, después de dos semanas sin vernos, fue demasiado breve. ¿Cómo puedo y cómo puedes y cómo podemos los dos calmar nuestras ansias de estar el uno con el otro en solo dos horas? Necesitaríamos toda una vida, o siete si fuéramos gatos, para mitigar nuestras pasiones. 

Querido mío, tengo una buena noticia. Este sábado puedo escaparme contigo. Si debes ir a Lérida a ver a un cliente, como me comentaste, el viernes, podríamos ir juntos y pasar la noche en algún hostal, tomando una habitación; o dos, si nos pidieran el libro de familia. Mientras tú cumples con ese señor, yo daré un paseo y buscaré las mejores manzanas del mercado para hacer un apunte de un bodegón y comérnoslas después. Se me hace la boca agua. Imagino ya la textura de la carne blanca de la manzana en mi boca y te figuro a ti comiendo. ¿Con piel? ¿Sin piel? ¿Vestidos? ¿Desnudos? ¿Tú en pijama y yo en deshabillé? ¡Hum! Prefiero desnudos, desnudis más emocionantes que los que pinto a veces en la Escuela de Bellas Artes. 

Pasado mañana saldré a llamarte desde una cabina para confirmar el plan. Espero que hayas leído ya esta carta que ahora mismo iré a franquear con sello de urgencia, como casi siempre. 

¡Tengo tantas ganas de estar ese día y medio contigo! 

Mil besos con todos los sabores de todas frutas de la huerta de la terra ferma 

Nicia, la que pinta bodegones.  

XIV 

Indíbil y Mandonio 

Mi querido y delicioso amante: 

Hombre de mis sueños y de mis realidades. Hace solo dos horas que he llegado a casa después de nuestro maravilloso viaje a Lérida, y ya te echo en falta. Estoy escribiendo a mano para que no me oigan y no vengan a fisgar lo que escribo (no lo hacen nunca, ni mi madre, ni mi fiscalizadora hermana, ni mi padre, pero toda precaución es poca para no delatarnos).  

Ya el viernes, como te conté, le dije a Iluminada que me sirviera de coartada. Se supone que las dos y otra amiga suya hemos estado juntas en una masía del Montseny que tiene habitaciones, allí fuimos para pasear y apreciar la flora en primavera. Ella estaba encantada de ser mi cómplice y la he llamado para informarla de que ya estábamos las dos de vuelta. Hemos reído. Creo que me aprecia mucho y que le gusta estar conmigo y consultarme cosas. No se atrevió a preguntarme adónde y con quién me iba. Si se lo digo se muere (o se apunta a venir con los dos, ja ja, aunque la juerga que nos corrimos con las manzanas, frotándonos trozos por el cuerpo, dibujándonos…, no podría asimilarla ni tomando LSD, o ve a saber, quizá nos superaría… ja ja ja). 

Mi cielo, mi Bambi que se ha hecho mayor, mi amante secreto, la noche pasada ha sido la más intensa de mi vida. La merienda tardía en la chocolatería que regenta esa señora de edad, bajo el Arco del Puente y junto a la estatua de Indíbil y Mandonio, contra cuyo pedestal me apretaste después, tan irreflexivamente… Envuelta en la neblina del atardecer solo sentía tus besos en mi boca y en mi cara y ni notaba que mi culo se enfriaba contra la piedra, que iba yo con ropita ligera en una ciudad donde refresca más de lo que creía. 

Ahora te escribo porque necesito prolongar la sensación de tenerte a mi lado. Una noche no basta. Menos mal que nos permitieron seguir en la habitación hasta la una de la tarde. Después, la comida, las codornices guisadas… ¡Nunca había probado las codornices!  Cuando las pediste me imaginé que nos iban a servir la colección de revistas del semanario de humor La Codorniz que tiene mi padre en casa. 

Tomarte la mano durante el viaje de vuelta en el tren, mientras tú dormitabas, fue emocionante, sobre todo cuando creía que nadie podía vernos y te hacía mimitos… ay, amor, amor de mis amores, estoy en mi casa y nada me gustaría más que estar contigo en aquel hostal o en la masía que nos inventamos Iluminada y yo para justificar mi ausencia. 

Pero, sí, estoy en casa y mañana tenemos reunión familiar. Se me cae el mundo encima. 

Te quiero

Nicia, la que dice que pasó la noche en una masía de la montaña.

 

(Continúa)

 
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