Opinión

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Los rostros de la canción

28/06/2009 - Eliseo Cardona/BlueMonk

Las canciones son anónimas. Tal vez lo fueron en el pasado. Seguramente lo serán en el futuro. Pero hoy nadie se acuerda de quiénes las escriben. Pocos dudan que han sido escritas por gente conocida como compositores o songwriters, pero ¿quiénes se interesan por conocerlos? A muchos que han seguido el oficio de escribir canciones se los ha tragado la luz o las sombras.

Haga la prueba: vaya a un concierto de Shakira y pídale a cualqueir fan que le diga quién escribió, digamos, 'Pies descalzos'. No exagero al decir que lo mirarán como si llevara un mono en la cabeza. Si usted sabe que el tema fue escrito por la propia Shakira, entonces debe considerarse una excepción; una rara excepción.

En realidad nadie se preocupa por conocer a los que escriben canciones. Es cierto que hay gente que no puede vivir sin ellas. Por ejemplo, el que va en el auto todas las mañanas cantando a todo pulmón para evitar coger lucha con la señora que va dando cháchara en el celular. O la muchachita que en la que escuela todavía no se dejó meter mano y busca respuestas en una canción telenovelera. O la ejecutiva que escapa a su rutina de asalariada pelando la garganta en el karaoke bar. O el que canta en la ducha para olvidar el frío del agua, los problemas de la vejiga o el costo de la vida (que son una y la misma cosa).

Pregúnteles, sin embargo, quién escribió 'Tú', 'Me llamo Julián', 'Tus besos en mi piel' o 'Me quedo contigo', y les mostrarán la mejor cara de un estreñimiento matemático. Ya sé que son canciones para olvidar. De hecho, buena parte (cuando no todo) de lo que se escucha en la radio comercial invita a padecer de amnesia crónica. Son canciones escritas como otros fabrican quesos de dieta. Puede que tengan sabor, pero carecen de espíritu.

Vivimos en un país fundado en la obsesión por la competencia... de lo que sea. La última encarnación de eso que el novelista Nick Hornsby llama «the battle of stupidities» son los famosos «reality shows», que en realidad imponen una realidad de mentira. «American Idol» no figura en ese género televisivo, pero tiene su esencia.

Confieso que el programa hipoteca mi atención. Fundamentalmente por mostrar la naturaleza a la vez feroz y bobalicona de la industra de la cultura de masas. Como todos sabemos, se trata de un torneo en el que los jóvenes deben mostrar que se debe tener lo que hay que tener para convertirse en estrella de la música pop. Y lo que hay que tener no es mucho: una cara bonita, un cuerpo para fantasías eróticas y, de ser posible (aunque ya no es un requisito) una buena voz. Lo demás, corre por cuenta de la publicidad.

Siempre que lo observo no puedo dejar de preguntarme por qué no se hace un programa similar, pero con autores de canciones. Un torneo de songwriters en el que los jueces vengan de universidades, instituciones culturales, de las librerías. En fin, gente culta. Pienso en las famosas competencias que organizaban los brasileños en los años 60 y 70, y que impulsaron a figuras como Caetano Veloso, Geraldo Vandré, Chico Buarque o Gonzaguinha.

Mis amigos me previenen con un argumento trágico: la canción no es un instrumento para pensar sino para olvidar. Es decir, puro entretenimiento. Eso explicaría la precaria relación que tienen muchos de esos jóvenes cantores con las canciones, con su génesis, con los versos, con el lenguaje, con quienes lo manejan. Explicaría de paso nuestro asombro (y a veces un inédito placer) frente a los trovadores, esos héroes de la poesía cantada.

Para que las canciones se alojen en nuestro corazón (y hablo de las buenas canciones) es necesario conocer el genio que les dio sus tejidos vitales. En términos literarios, esa relación íntima es la misma que convierte, digamos, a «Cien años de soledad» en la obra maestra del colombiano Gabriel García Márquez y no un simple libro con personajes que vuelan. Hoy Bob Dylan, Tom Waits, Burt Bacharach o Leonard Cohen son moradores en el limbo. Ojalá no se los lleve la canción del olvido.

Eliseo Cardona es crítico musical en Miami (Estados Unidos) y es creador del blog BlueMonk Moods.

 
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